El viejo San Juan, tan encantador como su gente

El viejo San Juan, tan encantador como su gente

 

Poetas, cantores y escritores, han encontrado en Borinquen una fuente inagotable de inspiración. Alfredo Cedeño nos cuenta su experiencia con la Isla del Encanto

 

Así de hermoso es San Juan. Foto Alfredo Cedeño

Así de hermoso es San Juan. Foto Alfredo Cedeño

Mi niñez es una de las etapas de vida a las que recurro con más frecuencia, ella transcurrió en La Guaira. Vivíamos en la casa de mi abuela paterna, la casa de la vieja Elvira, quien tenía por vecina a la señora Isabel Romero, una negra campechana y solidaria de la cual había sido amiga desde sus años de mozas. Ambas tenían unos enormes radios  que encendían de manera alterna, y de ese modo lo que oía Elvira, lo escuchaba Isabel, y viceversa. En la mañana las noticias, luego a las ocho comenzaban las “novelas” donde los lances de El Gavilán me sembraron permanentemente las ganas de aventuras. Más tarde era el turno de la música.

Recuerdo a los 6 años, en 1962 para ser precisos, que se puso de moda Vuela la paloma, cantada por Tito Rodríguez, para quien no la conozca aquí se las dejo.

 

Si el radio que estaba encendido era el de la vecina, mi abuela decía por lo bajo, mientras se reía en silencio: “Se acabó la música, ya Isabel va en volandas a apagar el perol ese.” Y en efecto se oía el arrastrar de pasos y el rezongar de ella: “¿Cómo es esta vaina un hombre cantándole a una paloma? ¡Con razón estamos como estamos!”  Ay Isabel Romero si vivieras en estos días…

Las Calles de San Juan. Foto Alfredo Cedeño

Las Calles de San Juan. Foto Alfredo Cedeño

De ese mismo tiempo recuerdo una pieza melancólica que se oía cada dos por tres: En mi viejo San Juan cuantos sueños forjé en mis años de infancia   mi primera ilusión y mis cuitas de amor son recuerdos del alma   Una tarde me fuí hacia extraña nación pues lo quiso el destino pero mi corazón se quedó frente al mar en mi viejo San Juan.
No tenía yo la más peregrina idea de quienes eran. Podrán imaginar mi sorpresa cuando años más tarde me enteré que oía a Ismael Rivera y Rolando Laserie cantando con la orquesta de Rafael Cortijo.

Años después, cuando comencé a visitar con frecuencia Puerto Rico, esa canción me venía a la memoria cada vez que pisaba los adoquines de las calles del Viejo San Juan. Era un viaje atrás en el tiempo a mi niñez y esa canción que luego seguí oyendo en innumerables versiones pasando por Libertad Lamarque y terminando en Javier Solís; pero también un viaje que iba mucho más atrás porque siempre sentía que estaba entrando en una especie de viaje a siglos anteriores.  Creo que El Viejo San Juan es la urbe española en América más y mejor conservada.

Esta isla fue descubierta por Colón en su segundo viaje. Tiempo después, en agosto de 1508, Juan Ponce de León funda una primera población en lo que hoy se conoce como Caparra, pero al año siguiente este centro es abandonado y se mudan a lo que hoy es motivo de este post.  Casas señoriales y edificios imponentes se acomodaron en ondulantes callejones, majestuosas fortalezas se alzaron, y le dieron a este espacio su perfil característico.

Las fortalezas del Viejo San Juan. Foto Alfredo Cedeño

Las fortalezas del Viejo San Juan. Foto Alfredo Cedeño

La piqueta del progreso casi hace de las suyas y fue la relativamente reciente acción inagotable, muchas veces en solitario, de don Ricardo Alegría que con arrestos de apóstol se dedicó a conservar y revitalizar su amado San Juan nativo. Su celo llevó a que hoy en día no se puede colocar un clavo en una pared de las edificaciones de esta zona sin el visto bueno del organismo encargado de velar por la idoneidad de dicha acción.  Ha habido, y hay, quienes piensan que se exagera en dicho riguroso cuido. Lo cierto es que ahí está el Viejo San Juan lleno de historias y leyendas que preñan de asombros a quien la recorre.

No puedo, ni quiero, esconder el manto melancólico que siempre me ha cubierto en esta ciudad. Quizás porque al ver San Juan nunca pude dejar de imaginar a La Guaira en similares condiciones y pensar qué hubiera sido de ella de haber tenido un don Ricardo que la amara como él lo hizo con su Borinquen natal; o tal vez aquella canción escrita por Noel Estrada sea la responsable.
Adiós, adiós, adiós borinquen querida adiós, adiós, adiós mi diosa del mar me voy pero un día volveré a buscar mi querer a soñar otra vez en mi viejo San Juan. Y parafraseándolo pienso en que siempre volveré a fotografiar otra vez a mi viejo San Juan.

Texto y Fotos: © Alfredo Cedeño

 

 

 

 

Categorías: Destinos

Autor

Redacción La Nota Latina

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