Tres poemas en tiempos inciertos, por Eduardo Escalante

Tres poemas en tiempos inciertos, por Eduardo Escalante

De uno u otro modo vivimos tiempos y ceremonias desconocidas, cualquiera sea la condición o rol. A veces temblamos, otras nos asombramos. Sobrevivir no es algo fácil y en algún punto nos damos cuenta que no es lo material lo que nos sostiene, sino lo espiritual, esa veta profunda que nos permite ver más allá de la pena o el dolor. Es entonces que descubrimos el por qué habitamos este mundo pasajero.

Un tipo de desconcierto

Después de una línea, viene otra. Vértigo. Mareos retrospectivos. Eres tocado por una estrella rara, un hilo brillante te dice que hay vida después de la muerte. Hay continuidad, la verdad es que estamos mezclados, una confluencia de influencia. Incluso terminaciones intercaladas, la tracción narrativa no se suspende. Un pilar de cenizas no es solo un pilar de ceniza, incluso si no profesas una fe, un misterio para el conocimiento humano requiere un gran sentido de precaución, aunque todos han sabido lo que es el destino, nadie contará lo que está después. Acercarse al borde, a la falla profunda que separa un final de una continuación. La inmovilidad es arte en el artista, y es en el otro lado del vidrio donde ocurren los eventos que cuentan sus obras. Ahora, detrás de mí está el océano. Delante de mí, una tierra abierta para correr desnudo. Escucho susurros en el cielo, mis huesos no descifran el mensaje. Tal vez la historia necesita un nuevo braille para leer el universo. Si nado hacia abajo, me apagaré más rápido. Rezamos, llamamos al cielo para lo que viene, alejados del infierno. Ojos de caras alertas hasta que un cartel diga “cerrado”. Alguien espera, tiene corona rosa.

Una cuenta del presente

Un lugar lleno de gente y lleno de aburrimiento y tonterías, no hay impresiones, solo actividad, no solo enojo, solo movimientos llenos de nada y tedio, repetición y repetición. La gente parpadea y mira hacia el piso. La información es tan simple y todos los días los mismos adornos, el razonamiento está atascado en la mandíbula. Una pantalla deslizante entre lugares, adivinando lo que ya saben antes de la llegada de la velocidad de los datos. Nada en el límite que separa este mundo del siguiente, nadie abogando por la señal que hace creer más allá de la razón. El viento digital lame las heridas de las emociones fracturadas a la izquierda. Algunos contemplan el futuro creyendo en el silencio de los cristales de la misericordia, en un lúcido rincón verde de un lúcido paisaje verde. No te rindas, escribe en otro universo, en esto, la tinta no funciona lejos de la gracia y sin melodía. Tropezamos con nuestra sangre en un país de disturbios, donde la pérdida es sombra debajo de cada árbol agrietado, cada rayo tiene un rostro distinto. Recogemos fragmentos, recolectamos espacios en blanco. Los sueños, el anhelo se deslizan a través de palabras parecidas, los oídos son el tamiz. Como estoy aliviado, puede aliviar la tensión de mi piel. El trabajo del consciente es el riesgo, prefiero hundir mis manos en el oleaje para levantar un racimo de algas o tomar un manto de aire y dibujar una lámpara, sí, una lámpara.

Cirugía de una mirada

La ciudad se ve alterada, los ciudadanos reciben el viento solar del siglo flotando sobre sus espaldas. El cielo azul cada vez menos, equipado con nubes gruesas con una silueta negra con alas. La gente agita su épica contra la reasignación de un número y la negación de la voz, hermano, la obediencia se ha activado, el infierno para cegarnos. La vida puede hundirse en un mar de barro lo suficientemente profundo como para envolvernos en suaves redes de plástico. No elogio el enrojecimiento del cielo ante el tirón de sangre humana. Desnudos, ninguno era dios. Todos temblamos como el hueso. No se puede mentir, el  ojo del evangelio atento. El dolor está ahí como si una línea recta viniera del ojo del diablo, el sufrimiento parece un destino. Hasta que sienta un pozo de apertura dentro de mí que dice Señor tenga piedad de estos días, ten piedad de lo débil que creía que era. Estoy agradecido por el siglo de primaveras. Si ella me  dijera léeme, yo diría mírame. Sí creo en los vaticinios. Si la lectura de los cuentos de terror no me aburrieran, los habría aprendido. Destierro, destierro sus líneas. Sueñas que la noche es el amanecer, las páginas manchadas de barro, se convierten en un charco de cielo, el futuro, está detrás de ti. Temeroso y sincero me veo tropezando hacia la salvación, tropezando. El cuerpo con ganas de robarle un pedazo al cielo. Si pudiera unirme a los pájaros reunidos, seguiríamos un arco iris hasta la locura de la luz de la luna.

 

Autor

Eduardo Escalante

Chileno. Licenciado en Lingüística y Literatura, Universidad de Chile. Magister en Ciencias Sociales, Universidad de Gales, Gran Bretaña. Es escritor e investigador (Universidad Juan Agustín Maza y en la Fundación Universitas, Mendoza, Argentina). Ha publicado diversos artículos científicos en revistas con referato en Chile, Argentina, Perú, Colombia, México, Nicaragua, España, también varios libros sobre investigación y estadística en Chile y Argentina. Ha sido incorporado a los sitios Arte Poética, Proyecto patrimonio cultural, escritores y poetas en español, Letras de Chile que han publicado varios de sus poemas. Ha escrito cientos de poemas inéditos. Revistas de Argentina, Dinamarca, España han publicado algunos de sus poemas. Publicó en Amazon: “Caminando la existencia con la voz”.

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