En un gran porcentaje de personas, la mentira funciona como forma de relacionarse e incluso como mecanismo de protección. Sin embargo, decir la verdad sigue siendo un valor fundamental para respetar a los demás. Cuando se miente en exceso, podríamos estar frente a un trastorno psicológico conocido como mitomanía.
Un mitómano no solo miente: vive insatisfecho con su realidad y, en casos extremos, llega a creerse sus propias invenciones. Suele tener baja autoestima, sentirse no aceptado socialmente y construirse una imagen falsa para ser valorado. En muchos casos, se convierte en un personaje atractivo para su entorno: “son personas muy seductoras y carismáticas”, cuya actitud proyecta seguridad.
Para ellos, mentir es un hábito y se relacionan desde su propia versión de la realidad. Sufren de ansiedad, y la mitomanía se convierte en una estrategia inconsciente para aliviar esa angustia. Lo hacen para enfrentar lo social y lo cotidiano con más tranquilidad, aun sin saber que viven una gran falacia.
En cambio, un mentiroso común miente con un objetivo concreto: obtener un beneficio. La mentira se convierte en un instrumento de manipulación. Por ejemplo, alguien que engaña a su pareja durante años lo hace para sostener una doble vida que le resulte conveniente.
¿Qué tipo de persona miente y engaña con facilidad?
Ciertos rasgos de personalidad como el narcisismo o el maquiavelismo están vinculados con una mayor probabilidad de mentir. Estas personas suelen carecer de empatía, anteponer sus intereses y recurrir al engaño como vía fácil.
Entre lo que pensamos, sentimos y hacemos debería haber coherencia. Si no la hay, nuestro cuerpo lo refleja: cuando alguien miente conscientemente, aparecen microgestos involuntarios. El cuerpo habla lo que la boca calla.
Algunos de esos gestos son:
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Taparse la boca
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Mirar hacia el suelo
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Frotarse la nariz
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Evitar el contacto visual
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Parpadear rápidamente
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Tocarse una ceja o elevar solo una
Estos gestos suelen ser asimétricos, forzados, no naturales, y delatan el conflicto entre lo que se dice y lo que se siente. Además, con el tiempo, la mentira tiende a caerse por sí sola. Es difícil sostenerla sin que aparezcan incongruencias o contradicciones.
Por eso, cuando sientes que tu pareja está mintiéndote —porque te engaña o esconde algo— lo ideal es no callar ni reaccionar con agresividad. Lo recomendable es ser asertivos, para no caer en el silencio que debilita la autoestima, ni en el enfrentamiento que pone al otro a la defensiva.
Una forma adecuada de abordarlo podría ser:
“Mira, ya son tres viernes seguidos que me dices que estás trabajando. Uno puede ser normal, pero tres ya me cuesta creerlo. Además, vienes oliendo a alcohol. Dime la verdad, ¿qué está pasando?”
Las relaciones deben basarse en honestidad, confianza y respeto. Es necesario hablar con claridad, gestionar nuestras emociones con madurez y evitar caer en el círculo del resentimiento. La venganza no cura. A largo plazo, solo profundiza el dolor.
Las personas mitómanas, además, tienden a usar frases que refuercen su invento:
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«No tengo pruebas, pero te aseguro que es verdad.»
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«Si no me crees, pregúntale a tal persona.»
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«Me pasó algo increíble, pero no puedo contártelo todo.»
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«A mí siempre me pasan cosas fuera de lo común.»
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«Yo lo sé porque tengo información que otros no tienen.»
Estas frases suelen venir acompañadas de una actitud persuasiva y seductora, que genera duda o simpatía en los demás.
Si tienes a una persona mitómana en tu entorno, no entres en conflicto innecesario. Aprende a gestionar la relación con límites, sin entrar en sus juegos, y protégete emocionalmente. La verdad tiene poder, pero también requiere valentía.
@karinafigueroavip
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