Ecocidio financiado

Ecocidio financiado

Es borroso el recuerdo del bosque en el que crecí, quizá solo fue un sueño, allí los árboles eran mis hermanos mayores y los insectos mis amigos. Los pájaros ponían la música y el viento, por las tardes fluía con el pecho levantado y la presencia transparente. Las luciérnagas por la noche, jugaban a ser estrellas ambulantes, mientras la oscuridad, con abundante cabellera nocturna, parecía un anticipo de la muerte.

El humo donde cocinaba la abuela era mínimo, pocos autos interrumpían el silencio que en esa época, aún no tenía las pupilas cansadas. El tiempo ha pasado, la lluvia ha emigrado, el rostro del amanecer luce sombrío. En este tiempo, a cada uno le toca beber un sorbo de contaminación matinal, augurio de futuros saturados de químicos, capaces de desorganizar las células, al punto de confundirlas y agruparlas en patológicas reunions.

Cauce de rio seco. Foto: flickr

Cauce de rio seco. Foto: flickr

Es el siglo XXI, en esta época, los días visten riguroso traje oscuro y jadean, incluso desde temprano, mientras los ríos murieron de sed y los árboles, yacen con la mirada desconcertada, transportados en infinitos camiones, camino a ser muebles o escamas de lujosos departamentos. Lentamente el planeta se muere, entre rumores de motores y tóxicos circulando por la venas; la lluvia baraja ácido y otros venenos, los genes no pueden evitar la manipulación, mientras la humanidad anochece y cede al absurdo, con las alas descoloridas, y el hábitat inhabitable.

¿Cúantos desastres naturales más precisará el hombre, para dejar de serruchar la rama en la que está sentado? ¿Será preciso el financiar un ecocidio y que el terror destructivo sea el aula donde aprenda lo que se negó a comprender vía reflexiva? ¿Necesitará a la muerte como maestra, y el dolor como didáctica? ¿Precisará morder la fruta envenenada para darse cuenta que por ahí no era? ¿Qué es más inteligente cuidar la Tierra, en vez de buscar colonizar el espacio o habitar otros planetas?

Muchos se consuelan con la impotencia, se justifican sintiéndose pequeños, nadie es insignificante para el universo; el inmenso océano es la suma de gotas que acompañadas, reviven unicidades y sensaciones oceánicas. La buena noticia es que cada vez somos más los que revivimos la esperanza y desenfundamos la reverencia. Tus actos y decisiones cuentan, porque se suman a otros millones que están renunciando a la estupidez del ecocidio, sugerido como forma de vida. No es normal andar siempre en la cuerda floja, injuriar a la Madre Tierra con hábitos antiecológicos y enfermar los hermosos paisajes, con desarrollos sospechosos y creencias demenciales.

La tierra nos necesita habitando la reverencia y transportando esperanza. Un deber ineludible: librar a los niños del futuro de fatigas innecesarias y sufrimientos sembrados en el presente; privarles de herencias nefastas, no es justo que les dejemos desastres y que nos recuerden como irresponsables, no es correcto rodearles de mentiras, acumular oscuridades para ellos y malograr sus amaneceres. Si no modificamos los estilos de vida actuales, la herencia será sed planetaria, escases de alimentos, tierras erosionadas, ríos intoxicados, atmósferas contaminadas, bosques exterminados, animales eliminados, existencia patologizada. Demasiado ecocidio traducido en amplias noches de sufrimiento.

Acosados por malas noticias, los niños del mañana habitarán en las ruinas del tiempo, sin un resquicio de esperanza, gracias a que sus padres y abuelos, no tantearon el futuro que sembraban.

Vivir más ecológico, es decir, volver a enamorarnos de la vida es la alternativa para perforar el falso bienestar y reaprender a vivir con responsabilidad en un planeta que no nos pertenece, que lo tomamos prestado, de los que aún no nacieron.

 

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